Europa es una bicicleta

Ahora que está de moda el euroescepticismo y nos cuestionamos a cada momento el fondo de las decisiones de las comisiones, Banco Central Europeo y Parlamento Europeo, veo necesario entonar el Himno de la Alegría, recordar a cada uno de las personas que unidas formamos esa nada desdeñable cifra: más de 500 millones de personas. Aunque el mundo haya dejado de ser tan europeo demográficamente[1], la falta de europeos no puede suponer pérdida de relevancia de nuestro modelo. Todavía hoy, es la mayor economía del mundo, el segundo bloque comercial, el mayor donante de ayuda al desarrollo y la segunda fuerza militar del planeta.

Gracias a las ampliaciones de la Unión, hemos hecho de nuestro sitio el lugar de muchos otros, hemos sido los recién llegados y quienes damos la bienvenida, porque Europa sigue creciendo. Hemos construido una entidad con múltiples culturas, con historias muy distintas pero con la misma idea de cómo debe organizarse el mapa geopolítico. Las diferencias nacionales y regionales a menudo son fruto de la historia o de la tradición y pueden resultar enriquecedoras.

La idea de una Europa como un gran mercado común en el que incentivar la economía a escala, va cediendo protagonismo a una Europa en la que los ciudadanos tienen inquietudes, necesidades, se da forma a una sociedad civil que quiere participar en la toma de decisiones. Hombres y mujeres dispuestos a promulgar una legislación que nos ampare ante los nuevos desafíos que nos presenta el desarrollo tecnológico, pero también a recordar la soledad de aquellos grupos sociales que han quedado descolgados del desarrollo. En Europa aparece con fuerza una sociedad civil que no se conforma con ejercer plenamente su ciudadanía como miembro de la Unión, sino que van más allá, están luchando porque no siga la espiral de la pobreza y la guerra en el resto del mundo. Nos sentimos de cierto modo responsables de parar aquello que sucede en nuestros televisores, queremos actuar: sentimos que el carácter universal de los derechos humanos significa que para ser derechos, deben estar universalizados. Vamos a ir construyendo una sociedad civil y una ciudadanía cada vez más comprometida, sólo así podrá hacerse realidad el sueño de la Federación Europea. Porque en un sistema-mundo capitalista como el actual, sólo en alianzas regionales extensas, plurales y cohesionadas, podemos ser actores relevantes.

La tarjeta verde sanitaria europea es esencial para entender como se ha llegado a acuerdos sobre cuestiones importantes, tanto como la salud de los ciudadanos.

La solidaridad se ha convertido en una característica esencial de la nueva generación de los derechos humanos, queremos exportar este modelo, pero teniendo siempre presente, que Europa no se hará de una vez.

Queda plasmada la gran dificultad que viven para ponerse de acuerdo entre los 28, pronto 27, pero no podemos dejar de creer en la capacidad de la Unión Europea par a hacer de este un mundo más justo.

Como nos dijo Jean Monnet, Europa es una bicicleta, y si dejamos de pedalear se para[2]. Europa se ha convertido en un proyecto sin proyecto formal, se construye día a día, y es difícil imaginar su futuro a largo plazo. Debemos plantarle cara a la Europa de las dos velocidades, porque supone olvidar la dimensión solidaria de esto que estamos creando día tras día.

Aparecen pues, en el estudio de Sebastian Dullien y José Ignacio Torreblanca[3], tres disyuntivas: primero, entre un federalismo económico limitado (estabilizar el euro) o el federalismo avanzado (derecho laboral, fiscalidad, mecanismos redistributivos y políticas sociales). Personalmente, como europeísta, creo en la Federación, pero no hoy ni en el corto plazo, porque no podemos construirla sin los ciudadanos.

La segunda disyuntiva que presentan está entre un sistema regido por reglas o con margen para la innovación política. Y por último y no por ello menos importante, el dilema entre un sistema en el que primemos la legitimidad indirecta o una directa, donde haya un ejecutivo elegido por el Parlamento y así hacerlo más didáctico y más concreto. Somos seres que necesitamos ponerle cara a todo, necesitamos que Europa tenga una cara visible, y que parezca, en caso de ponérsela, accesible.

No podemos dejar crecer el eurohostigamiento, ni que el pesimismo sobre el futuro de la Unión sirva de cultivo para populismos xenófobos y excluyentes. Hemos avanzado mucho durante estos últimos años, más en crisis –opinan muchos investigadores–, pero todos y cada uno somos responsables de la correcta evolución de Europa. Debemos cuidar nuestra bicicleta, darle pintura si es necesario, pero no hay que desecharla, ni dejarla en el punto limpio. Es nuestra, es nuestro proyecto, la Federación Europea nos pertenece y la necesitamos, solo es cuestión de tiempo que lleguemos a ella, quizás un cambio generacional sea la clave.

Nos movemos en Europa, nos movemos con Europa, Europa nos mueve, Europa se mueve.

Aida dos Santos.

[1] José Ignacio Torreblanca (2011). La fragmentación del poder Europeo. Madrid: Estudios de Política Exterior.

[2] Didac Gutiérrez: “La Bicicleta de Europa”, 30 de mayo de 2013, en El Diario.es

[3] What is political union? Se puede consultar un comentario en http://ecfr.eu/content/entry/what_is_political_union

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