La sociedad civil europea

Para Félix Requena Santos, “La sociedad civil se debe concebir como un conjunto de redes sociales que implican a los individuos, organizaciones, instituciones y asociaciones, los cuales se conectan e imbrican mutuamente, formando un sofisticado entramado social”[1].

Y lo más importante a mi juicio es que la sociedad civil la componen un conjunto de personas que quieren tomar parte en el ámbito público sin organizarse en organizaciones políticas clásicas. Paricio Aucejo nos dice que Occidente ha vivido amplios períodos de su historia en la sociedad civil sin ser consciente de ello, empezando por la polis griega, que combinó Estado y sociedad civil de modo que suscitó una ilusión de ausencia de una esfera privada. Y ya en los siglos XVII y XVIII, la sociedad civil fue sinónimo de un Estado con imperio de la ley, gobierno limitado y una ciudadanía activa[2]. ¿Y qué es entonces sociedad civil y qué Estado? ¿Existen la una sin el otro? ¿Dónde empieza uno y acaba la otra? ¿El Estado creará espacios de sociedad civil, invirtiendo la concepción clásica de que la sociedad civil creó al Estado? Dicho de otro modo por Paricio Aucejo: el Estado se expande bajo la forma de sociedad civil, creciendo así su poder a través de un gobierno indirecto. Al expandirse por redes menos formales, el Estado mismo se vuelve más informal, más particularista y menos organizado, asumiendo características propias de la sociedad civil. Al ejercer el Estado el monopolio de la violencia, debe asegurarse de ser un buen proveedor de servicios, ya que la legitimidad por parte de los agentes sociales dependerá de los logros de la gestión ante los problemas tanto internos como externos. Así, nos dice el profesor que ningún Estado dura mucho tiempo alejado de la sociedad civil. Debe potenciar la producción y reproducción de lealtad, espíritu cívico, competencia política y confianza en la autoridad.

En la Declaración de Laeken sobre el Futuro de Europa (2001), se dedica un epígrafe a las expectativas del ciudadano europeo. Concretamente desea un papel más importante en asuntos de justicia y seguridad, de lucha contra la delincuencia transfronteriza, control de los flujos migratorios, acogida a los solicitantes de asilo y a los refugiados provenientes de zonas de conflicto periféricas. Le pide resultados a la Unión Europea en materia de empleo, lucha contra la pobreza y cohesión económica  y social. El ciudadano lo sabe, hay temas que solo pueden abordarse mediante la cooperación, por lo que demanda más Europa en los asuntos exteriores, de seguridad y de defensa. Pero no quiere que la solución sea más burocracia. Una mayor Europa fracasará si significa únicamente más burocracia. Sólo con un enfoque comunitario claro, transparente, eficaz y conducido democráticamente, Europa podrá ser un faro para el mundo futuro. Aunque en la actualidad asistimos a una «desoccidentalización», Europa no debe dejar que su papel protagonista en la historia quede en segundo plano, porque nuestros ciudadanos y nuestros gobiernos defienden un modelo que creemos exportable debido a que el modelo de derechos humanos es imprescindible para la seguridad y la libertad de todos los ciudadanos.

Dado que en España se ha hablado tanto de los «grandes pactos de Estado» necesarios para salir de la recesión, debe promoverse que la sociedad civil esté presente. No debe ser una mesa de grandes partidos, sindicatos y empresas, pues hay mucho más en la sociedad española que necesita que por lo menos se la escuche, que si se actúa en contra de sus intereses sepamos todos que ha sido porque no han querido, no por falta de datos. Aunque para Pablo Iglesias Turrión[3], se debe mirar más allá del Estado para solucionar estos problemas.

La iniciativa lanzada por la Comisión Europea, el «Plan D», coloca en el centro del proyecto la democracia, el diálogo y el debate: estimular un debate público en profundidad, promover la participación de los ciudadanos en el proceso democrático y poner al alcance, tanto de las instituciones como de las organizaciones, las herramientas necesarias para generar el diálogo sobre las políticas europeas y el método de toma de decisión[4].

Aparecen en este contexto de demanda nuevas herramientas que, junto con las instituciones democráticas tradicionales, mejorarían la condición de la ciudadanía y de la política. Movimientos como el 15M demuestran que son muchos más de lo que en un principio se sospechaba. Hemos vivido unos años de sociedad civil dormitante que, al calor de la crisis económica, política y de los viejos valores, se muestra capaz de capitanear una alternativa (creíble para unos y sospechosamente utópica para otros). Se ha despertado la solidaridad, interacción desinteresada y apoyo a causas justas sin caer en la tautología y defender intereses de forma corporativista.

Frente a esta sociedad civil que se representa a sí misma, aparecen los lobbies que trabajan en la Unión Europea y que intentan interferir en las opiniones de los ciudadanos. La cuestión de estos grupos con cierto origen socioeconómico (más lo segundo que lo primero) es muy importante para el desarrollo de los cauces de participación, ya que cuando abren las ventanas de oportunidad en las instituciones, se quedan resquicios mediante los cuales la sociedad civil propiamente dicha puede expresar sus demandas al respecto de una materia concreta.

La ciudadanía pasiva puede plantearse como la otra cara de la sociedad civil. Los niveles de movilización electoral al Parlamento Europeo son cada vez menores, ya que se considera que lo que está en juego tiene una menor influencia. En España, el abstencionismo ha sido alto, a excepción de las elecciones fundacionales de 1987 y aquellas ocasiones en las que se convocan simultáneamente municipales o autonómicas (68,5% y 63% en 1999). La pasividad llega a tal punto que incluso en 1987, cuando España comenzó su ansiado camino europeo, los españoles desconocían los detalles, no conocían las instituciones ni las competencias, predominando siempre una conciencia regional por encima de un componente europeo y siendo un toque de aviso o premio hacia el partido en el gobierno nacional. Es así que se en 1999 se llegó a hablar del «eurocansancio» debido a la incorporación del Euro y las sucesivas ampliaciones.

Sobre el acercamiento de Europa a los ciudadanos, el interés de la ciudadanía ante las instituciones europeas es mínimo. Muchos no saben qué son ni para qué sirven. Los agricultores andaluces no saben por qué son como son las semillas que tienen en la mano, ni cuándo conducimos sabemos que quiere decir eso de FEDER que hay puesto en un cartel.

Precisamos combatir la ciudadanía pasiva al tiempo que potenciamos una sociedad civil porque los niveles de participación que nos exige el modelo actual de naciones, tanto a los cargos públicos propiamente dichos como a los ciudadanos, exige unos niveles de conocimiento y de información que son imposibles de acometer si no se promueve desde la propia UE. Directa o indirectamente estamos participando en la construcción de una aldea global, que precisa no sólo ya que lo sepamos, sino que tengamos las herramientas para intervenir en el proceso y plasmar nuestros intereses.

Desde Europa y desde los Estados miembros se debe dar a conocer a los ciudadanos la capacidad que tenemos para involucrarnos en la dinámica de la Unión, los instrumentos que tenemos, los cauces de participación continuada. La imagen que se ha proyectado desde algunos ámbitos político-sociales del Parlamento Europeo como un «cementerio de elefantes» no ayuda a que los ciudadanos entiendan lo importante que es Europa en la vida de todos y cada uno de nosotros. Y si a esto le añadimos que el Parlamento Europeo no designa un gobierno como tal, es comprensible que el interés que despierta en los ciudadanos sea débil.

Para que los ciudadanos recuperemos Europa –o para que la conquistemos– debemos contar con el apoyo de los medios de comunicación, que nos informen continuamente de aquello que ocurre en Bruselas, de cómo nos afecta, y no sólo eso, sino incluso del valor de un proyecto político en marcha[5]. Comunicación es más que información[6] y los medios son un canal que hay que aprovechar para motivar la participación ciudadana. La Carta Mundial de la Naturaleza (1982) dedica nada menos que tres principios a la participación ciudadana[7]. Por su parte, Susana del Río Villar apunta a iniciativas como «Europa con los ciudadanos» y «Europa a debate» como una muestra más del esfuerzo que se hace desde Europa por atraer la participación ciudadana y promover un sentimiento de pertenencia al proyecto europeo. Y es muy importante, en tiempos de redes sociales, la utilización de Facebook por parte de la Representación Española de las Instituciones Europeas para que los ciudadanos puedan realizar sus aportaciones a los temas de actualidad. Para despertar ese chip europeo, nos dice la profesora del Río Villar, hay que conectar con mensajes realistas, comunicar en “versión europea”, motivar la curiosidad por Europa, transmitir  que está en nuestro día a día y que las personas vean y sepan que “lo europeo” somos todos y que tenemos nuestros derechos. Hay que humanizar la nueva comunicación.

El pasado 9 de mayo, día de la Unión Europea, se manifestó en las redes sociales y en los medios de comunicación que cada vez más ciudadanos reconocen los símbolos de esta tierra nuestra como propios, y no como meros artilugios para cohesionar una sociedad dentro de una nación.

Aida dos Santos

[1] Requena Santos, Félix (2008). Redes sociales y sociedad civil. Madrid: CIS.

[2] Aucejo, Paricio (2002). Unión Europea y sociedad civil. Valencia: CEU Ediciones, p. 22.

[3] Iglesias, Pablo (2009). “Estado, política y acción colectiva. Claves para entender los movimientos sociales y el cambio tras el breve siglo XX.” En Jornadas internacionales: homenaje a Charles Tilly. Conflicto, poder y acción colectiva: contribuciones al análisis sociopolítico de las sociedades contemporáneas. Sesión: El Estado, «agente de gobierno».

[4] Del Río Villar, Susana (2006). Ciudadanía activa en Europa. Proceso participativo y nuevos espacios para la comunicación. Madrid: Difusión Jurídica y Temas de Actualidad, p. 83.

[5] Del Río Villar, Op.cit. p. 84.

[6] Hemos pasado de un modelo de los medios de comunicación de masas en lo que el espectador decidía si ver una emisión o no, a un modelo de tipo editorial, en el que elegimos entre un repertorio muy amplio el programa que deseamos ver. En Saura Estapà, Jaume, coord. (2012). Reconocimiento y protección de derechos emergentes en el sistema europeo de derechos humanos. Madrid, Dykinson.

[7] Navarro Batista, Nicolás (2001). Sociedad civil y medio ambiente en Europa. Madrid: Gráficas Rogar, p. 15.

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