¡Feliz día de Europa!

Hoy 9 de Mayo se celebra el el Día de Europa. Recordamos la valiente Declaración Schuman, en la que el ministro francés de exteriores, Robert Schuman, dio el primer paso para la integración de los estados europeos al proponer someter el carbón y el acero de Alemania y Francia a una autoridad común. Pero más importante para los fundadores de la Unión era la creación de una Federación Europea, el mejor garante de la paz entre las naciones.

“La puesta en común de las producciones de carbón y de acero garantizará inmediatamente la creación de bases comunes de desarrollo económico, primera etapa de la Federación Europea, y cambiará el destino de esas regiones, que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas.”

A esta declaración se adhirieron Bélgica, Italia, Luxemburgo y Países Bajos. Entre todos sometieron a una administración conjunta, impulsando la creación de la primera Comunidad Europea del Carbón y del Acero que al poco tiempo trajo la Comunidad Económica Europea y a la postre la actual Unión Europea.

Como toda declaración, hay que destacar su importancia en su contexto. Esta propuesta nace en 1950, cinco años después del fin de una II Guerra Mundial, que había llevado a las naciones europeas a los mayores horrores jamás conocidos por la humanidad. Al someter las dos producciones indispensables de la industria armamentística a una única autoridad, se esperaba dar los pasos para que nunca más se volviera a iniciar una guerra.

“Mediante la puesta en común de las producciones básicas y la creación de una Alta Autoridad de nuevo cuño, cuyas decisiones obligarán a Francia, Alemania y los países que se adhieran, esta propuesta sentará las primeras bases concretas de una federación europea indispensable para la preservación de la paz.”

Si bien nunca debe olvidarse aquello que dio origen a aquella declaración, de la misma forma no debemos perder la perspectiva de nuestro tiempo. Si anclamos nuestro futuro en las bellas palabras del pasado, olvidaremos que éstas fueron una promesa de futuro, de cambio, de una Europa mejor. Si bien el impulso franco-alemán ha sido decisivo para la construcción europea, es preciso que los jóvenes europeos asumamos nuestra responsabilidad. Más allá del club germano-francés, es preciso que la Unión avance hacia un horizonte común que no beba tanto del pasado y mire con orgullo al futuro.

Sumergidos en la mayor crisis económica y política de los últimos cuarenta años, debemos ser conscientes de que toda crisis es una oportunidad para remontar el vuelo fortalecidos. Los europeos empiezan a darse cuenta más que nunca que no pueden ser indiferentes los unos a los otros, que no pueden ignorar lo que pasa allende sus fronteras, que la Unión es más que la suma de las partes. Como comentábamos anteriormente, es esta lección tan sencilla el único y verdadero desafío que afronta nuestro tiempo y que la ceguera de siglos luchando entre europeos por la supremacía en el continente hacen desvanecer ante nosotros. El nacionalismo ciego en el que algunos intentan replegarse es la nostálgica prueba de un tiempo que ya pasó contra cuya pérdida se lucha, sin darse cuenta de que, a modo de Don Quijotes modernos, no hay montura ni lanza que permita acabar con molinos tomados ilusoriamente por gigantes.

Días como hoy, que por desgracia pasan inadvertidos a los ojos de los ciudadanos, deberían ser el recordatorio de que los problemas que afrontamos hoy día no son griegos, portugueses, españoles o alemanes, sino comunes, europeos, y que sólo una salida común a éstos los solucionará ahora y para las generaciones venideras. Asimismo, si Europa pretende salir del atolladero convertida en un selecto club de élites en el que los ciudadanos son mantenidos al margen sólo estará cavando la tumba de su legitimidad. Porque si algo destaca genuinamente en este proyecto sobre cualquier otro del pasado, es su compromiso inequívoco con los derechos humanos, la paz y la democracia. Era ése el sueño que inspiró las palabras de Schuman al desear que algún día, y esperemos que pronto, sus palabras dieran a luz una Federación Europea, que no debía, ni debe, ser otra cosa que de sus ciudadanos, una verdadera democracia.

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