Los Eufemismos y la Crisis

El lenguaje políticamente correcto suele tener el efecto perverso de confundir y es por ello que hay que atender a los hechos y no solo a las palabras. Este artículo pretende indagar que hay detrás de los términos “mercados” y “soberanía”.

Los políticos siempre han sido grandes maestros del eufemismo. Ya saben, consiste en reemplazar una verdad que no queremos escuchar con una mentira que suene bien. Lo llamamos corrección política y gracias a ella entre Israel y Palestina no tenemos un conflicto sino un proceso de paz, en Libia no hubo una intervención militar sino crisis management y en vez de crisis o recesión tenemos desaceleración económica o credit crunch. Este lenguaje políticamente correcto resulta especialmente útil en épocas como la actual, cuando los políticos deciden tomar medidas impopulares y pretenden conseguir que sean populares. Con estos pequeños engaños se consigue moldear la realidad y presentarla de una cierta manera aunque a veces es necesario tomar distancia y apreciar que se oculta detrás de algunas palabras.

Dinero:

Une de estas palabras es “mercados”. Con un significado amplio y oscuro para la mayoría de la ciudadanía, bien puede significar muchas cosas. Cuando oigo hablar de los “mercados” me acuerdo de esa mano invisible de la que nos hablaba Adam Smith. Siempre me ha parecido una metáfora bastante inquietante. Al fin y al cabo, ¿cómo se controla algo que es invisible? Sin embargo, la idea era esperanzadora: si cada uno actúa de acuerdo a su propio beneficio todos salimos ganando, se obtiene el beneficio general.

En el discurso que pronunció en Tolón el pasado uno de diciembre Nicolas Sarkozy afirma que hay que reducir el déficit para disminuir “la influencia que los mercados ejercen sobre nosotros”. No pretendo comentar aquí cuestiones económicas sino llamar la atención sobre la importancia que nuestros políticos y muchos analistas dan a estos mercados. De un tiempo a esta parte las decisiones se toman en función de cómo reaccionarán los mercados, de si lograremos convencer a los mercados o de si conseguiremos reducir la presión de los mercados. Pero resulta todavía más inquietante cómo el argumento de los mercados se ha ido normalizando hasta llegar a un punto en que parece indiscutible que lo importante es tener contentos a los mercados. Ahora bien, estos mercados muy poco se parecen a ese mercado liberal donde actúa la mano invisible.

Cuando se habla hoy de mercados se alude a los grandes inversores, a las agencias de calificación, a los bancos. En definitiva, estamos refiriéndonos a la élite financiera. Cuando un gobierno explica que va a introducir una nueva medida económica con el fin de calmar a los mercados, lo que realmente está diciendo es que va a intentar que Standard and Poor’s no rebaje la calificación del país. En estos mercados hay manos muy visibles y queda claro que en muchas ocasiones la búsqueda del beneficio privado de ciertos operadores no conduce al beneficio general sino todo lo contrario.

Las turbulencias de una crisis económica son un ámbito inmejorable para que aquellos que sepan aprovecharlo saquen beneficio. El desastre económico ofrece lucrativas posibilidades. Sabemos que la especulación puede dar grandes beneficios en una época de inestabilidad y los operadores de los mercados también lo saben. No obstante esperamos que sean los propios mercados los que nos den la receta para salir de la crisis. Confiamos en que si hacemos lo que los mercados demandan recuperaremos la estabilidad en un proceso que bien se asemeja al pago de un rescate para la recuperación de un secuestrado.

Es de este modo como los gobiernos diseñan sus medidas para salir de la crisis, pensadas para los operadores financieros, para las instituciones internacionales para los demás Estados, no para la ciudadanía. El problema aparece cuando al intentar aplicarlos a una sociedad, formada por personas reales con vidas reales, el plan comienza a fallar. Lo lógico en esa situación sería preguntarse por los posibles errores que contenga el plan. Curiosamente algunos han preferido pensar que es la población la que contiene errores.

Poder:

El pasado día dos de diciembre, Angela Merkel prometió a los diputados del Bundestag que su Gobierno no recortaría la soberanía del Parlamento. Por supuesto, esto no es más que una manera elegante de prometer a los parlamentarios que no perderán poder. Es curioso como el término soberanía, complicado y profundo como es, resulta a veces un eufemismo tan útil en política. Me gusta especialmente porque le otorga gran nobleza a las mundanas aspiraciones de poder de nuestros líderes, y ya sabemos lo importante que puede llegar a ser para aquellos que ejercen el poder el seguir ejerciéndolo.

Ahora que los líderes europeos, o al menos casi todos ellos, parecen haberse puesto de acuerdo sobre la necesidad de una unión fiscal comenzarán las discusiones sobre hasta que punto esto supone una cesión de soberanía de los Estados miembros a la Unión. Esto no hace sino evidenciar la irrelevancia práctica de la soberanía como concepto teórico, cuando no va acompañada del poder. ¿Acaso no ha cedido ya su soberanía Grecia al tener que aplicar toda una serie de medidas económicas que le son impuestas? ¿No han perdido su soberanía todos los miembros de la Unión Europea si solo son los gobiernos de Alemania y Francia los que toman todas las decisiones?

El error aquí reside en el empeño de los líderes europeos, evidenciado el pasado día nueve, de continuar caminando por la vía intergubernamental. Europa no podrá ser democrática mientras las decisiones que afectan a todos los europeos no las tomen todos los europeos en conjunto. En lo que respecta a los asuntos que afectan a todos los ciudadanos de la Unión Europea los gobernantes de los Estados miembros no tienen legitimidad democrática. Esto es así porque estos asuntos no afectan a los ciudadanos en tanto que irlandeses, polacos, griegos o alemanes sino en tanto que europeos.

Artículo previamente publicado en http://www.thenewfederalist.eu/

 

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