“¡Democracia Real, Ya!”: un empujón para más democracia en Europa


El punto de vista de un federalista que esta tomando parte el Movimiento Español.

Bajo este eslogan, millones de ciudadanos españoles se han reunido para gritar hasta que punto su democracia está alejada de lo que debería ser: “real”.

Empezaron con una manifestación nacional y continuaron con acampadas auto-organizadas y autónomas en cada capital regional para discutir, a través de asambleas generales, lo que se debería cambiar en el sistema. Para esto, han dividido las tareas en grupos de trabajo distintos (no únicamente para las cuestiones políticas o de comunicación, sino también las de logística, como la comida, la basura o incluso la guardería infantil).

Lo que les vincula es la idea de que les gobiernan instituciones que están por encima de su gobierno en términos legales (corrupción), en términos financieros (bancos), o incluso en términos de influencia (grupos de empresas privadas).

No es una sorpresa: la crisis a la que se enfrenta España (como otros países europeos) tiene graves consecuencias en la realidad, y relega la esperanza de facto a los discursos de políticos.

Pero estas manifestaciones destacan un hecho: el poder político (es decir, el poder de decisión, las decisiones de sociedad y el futuro común) tiene poco que ver con las elecciones.

Las políticas hechas por el partido de Zapatero, el PSOE, no eran políticas “de izquierda”, sino más bien “de crisis”. ¿Por qué los líderes del PSOE no han podido elegir las políticas que consideraban mejores para los españoles? Probablemente porque había muchas influencias, restricciones y presión para que la economía española se quedara en los estándares europeos, en el mercado internacional y sobre todo, para evitar peores consecuencias sobre el mercado financiero. ¿Qué tipo de legitimidad tienen estas instituciones, gobiernos extranjeros o actores privados, para superar la voluntad y la decisión de millones de ciudadanos? Ninguna… excepto el hecho de que manejan el dinero con el que vive el pueblo español.

Entonces, ¿cómo es posible que el dinero de millones de personas pueda estar retenido en manos de instituciones no democráticas que, paradójicamente, influencian o incluso dictan políticas para los gobiernos elegidos democráticamente? La respuesta es bastante simple y resulta de un hecho básico: el sistema capitalista es extremadamente innovador y flexible, mientras que los cambios políticos son mucho más rígidos y conservadores. Durante los últimos veinte años, el mundo financiero ha hecho grandes avances para ser global, único, fluido, libre de fronteras y poderoso, mientras que el mundo político se ha concentrado en sus fronteras nacionales.

La Unión Europea es una de las excepciones. Pero otra vez, las principales motivaciones que guían la Unión están orientadas hacia el capitalismo: mercado libre, unión financiera y monetaria. Esto ha conducido a una serie de reglas e instituciones financieras, económicas y monetarias, pero muy pocas innovaciones por el lado político (tan pocas que algunos autores han detectado un “déficit democrático” dentro de las instituciones europeas). Cuando miramos la #spanishrevolution se trata precisamente de este déficit democrático: recuperar el poder que las instituciones privadas, internacionales y supranacionales han mantenido lejos de los ciudadanos europeos.

La Comisión Europea, cuyos miembros son elegidos sin ninguna consulta democrática y cuyo poder es, sin embargo, mucho más extenso que el del Parlamento Europeo o de los Estados miembros es un ejemplo. Además, Bruselas se ha convertido en el centro de un juego perverso entre los intereses privados y la legislación (o ausencia de legislación) europea: los lobbies. De nuevo, las compañías privadas han sido más inteligentes que los ciudadanos y se han beneficiado de la ausencia de transparencia dentro del proceso de decisión de la UE.

De hecho, muchas asociaciones, grupos de intelectuales o incluso políticos sostienen que la única respuesta a esta tendencia tiene que darse a nivel internacional, a través de una “democracia europea”. Las modalidades varían, pero todos están de acuerdo en decir que para ser sostenible, debe diseñarse y debe promoverse una Europa más democrática.

Los “indignados” han entendido muy bien el problema de nuestra Europa: las decisiones que se toman para gobernar tienen cada vez menos que ver con nuestro voto, y más que ver con nuestra ausencia de conciencia política, ambiciones y voluntad innovadora. Lo que necesitamos ahora es sin ninguna duda una democracia, pero no solamente una que sea al nivel nacional. Necesitamos una democracia al más alto nivel alcanzable por ahora: el nivel europeo. Es la única manera de resolver lo que enfada a tanta gente.

Se puede encontrar una respuesta en el proyecto federalista de Unión Europea, que defiende una mayor responsabilidad política (el término inglés “accountability” no existe en castellano) y transparencia dentro de las instituciones europeas, solidaridad entre los pueblos europeos y, lo que puede resolver el problema al cual nos enfrentamos, un control democrático real sobre las instituciones europeas.

Si los “indignados” fueran capaces de llevar su indignación a otros pueblos europeos, discutirlo democráticamente en el Parlamento Europeo y escribir sus exigencias en términos legales, entonces podemos imaginar fácilmente que los intereses internacionales privados no serían capaces de aplicar las restricciones a la cuales se enfrenta Europa ahora. La mejor manera de reducir el impacto de poderes no democráticos es la creación de un poder que pueda contrarrestarlo: se necesita una democracia europea real, ya!

1Este artículo es un análisis personal y no reflecta la opinión de los “indignados”, la JEF, el Instituto de Paz y Conflictos o cualquier otra institución. Este texto es una traducción de la versión inglesa que se ha publicado el 2 de junio 2011 en la revista federalista “The New Federalist” bajo el enlace siguiente: <http://www.thenewfederalist.eu/Democracia-Real-Ya-a-push-for-more-democracy-in-Europe> . Existe también una copia en francés. El autor agradece cualquier comentario y quiere dar la gracia a Óliver Soto y Irene Sabio para las correcciones previas. No se puede citar sin permiso. (25 de Mayo 2011)

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