Carta de un joven a la Unión Europea

Desde hace ya unos meses algo parece estar cambiando en la juventud y los que estamos dentro lo notamos. La indignación y el enfado con una sociedad y un sistema que no nos ayuda empiezan a materializarse y parece que cada vez nos dan más razones para buscar soluciones fuera de los cauces institucionales. Y no sólo ocurre en España, es algo común a toda la juventud europea y, aunque hay divergencias en las formas, sabemos que no estamos dispuestos a vivir en una sociedad resignada y falta de sentimiento, ilusión e ideología.

Hablando con muchos de mis mayores, y no tan mayores, me doy cuenta de que esa ilusión y ese sentimiento se plasmaba antes en una sola palabra: Europa. Esta palabra contenía dentro de sí misma multitud de significados, como libertad, democracia, igualdad o respeto. ¿Es que acaso esa palabra ya no significa lo mismo para nosotros?

Nosotros no hemos vivido una guerra, ni una dictadura, y algunos éramos muy pequeños para recordar la Transición, mientras que otros ni siquiera habíamos nacido. Pero aquí estamos, mayores de edad, sin trabajo fijo, sin casa propia y con unas perspectivas de futuro tan negras que harían temblar al mismísimo Tomás Moro, que pecaba de utópico.

Además, gran parte de nosotros ya nacimos cuando España había entrado en las, por aquel entonces, Comunidades Europeas y nuestros padres nos impregnaron indirectamente de ese europeísmo, con ese sentimiento de pertenencia a Europa, el maravilloso continente de libertad y democracia del que por fin volvíamos a formar parte.
Fuimos creciendo y viajando por el continente, haciendo intercambios o saliendo en verano para practicar idiomas. Más tarde llegó el InterRail, el Erasmus y las diversas escapadas con viajes baratos a diferentes ciudades europeas. En definitiva, fuimos conociendo otros países, creando una red de amistades a lo largo del continente y conociendo a otros jóvenes europeos que, curiosamente, no eran tan diferentes a nosotros como nos imaginábamos en un principio. En otras palabras, nos hemos estado convirtiendo en la primera generación comunitarizada.

Y todo esto ocurría al compás de nuevos tratados, desde Maastricht hasta Lisboa que, por lo que oíamos, convertían a Europa en un continente más unido, aunque también más complejo y burocrático. Pero poco a poco, como le ocurrió -y le ocurre- al resto de la sociedad, se iba uniendo con una sensación de lejanía, de desapego, inutilidad y desinterés… ¿Hacia Europa, sus valores y lo que ella representa? No, hacia las instituciones europeas, que es muy diferente.

Hemos crecido en una sociedad globalizada, estamos acostumbrados a mirar más allá del Estado, porque sabemos que el Estado no lo es todo, y sabemos que comete bastantes errores, porque es imposible que una institución nacional solucione muchos de los problemas y expectativas internacionales cada vez más importantes. En realidad, no nos fiamos mucho de él, ni de sus políticos nacionales.

Por eso a algunos nos duele tanto cuando la UE, en la que sin saberlo teníamos puestas grandes ilusiones, se muestra incapaz de actuar como un conjunto unido con una misma voz. Vemos descoordinación cuando hay intereses comunes y conflicto cuando los intereses divergen ¿Dónde ha quedado esa máxima europea que nos enseñaron nuestros padres de Solidaridad?

Buena parte de nosotros creemos en una Europa unida, hemos crecido con esa idea en la cabeza. Vemos como otras potencias nos pisan los talones mientras parece que nuestros líderes se sientan a mirar cómo nos adelantan. O peor, se sientan a discutir entre ellos como si fueran 27 ególatras que se niegan a perder la soberanía que les queda -como si todavía fuera posible hacer algo solos frente a Estados Unidos o China-. E incapaces de aceptar su papel en un mundo globalizado. Incapaces de ver, como decía Aristóteles, que el todo es mayor que la suma de sus partes.

Vemos como ese continente de los Derechos Humanos expulsa a inmigrantes o deja que mueran cerca de sus costas, mientras crece la xenofobia; vemos como las enfermedades de Europa, la intolerancia y el nacionalismo exacerbado, crecen por doquier; como los derechos sociales que tanto costó adquirir se van perdiendo poco a poco; vemos conflictos cuyas armas llevan el sello europeo; notamos como la solidaridad entre países se convierte en papel mojado; no entendemos como el Parlamento Europeo queda relegado, aun siendo la única institución elegida directamente por los ciudadanos. Vemos un continente que en su día promovió la libertad religiosa y que ahora cierra filas frente a los que tienen otro Dios… En definitiva, vemos muchas cosas que no nos gustan y que no esperábamos de nuestro idílico continente.

Y nos indignamos, nos enfadamos cuando nos percatamos de todo el potencial sin explotar y unas oportunidades desperdiciadas. Es a lo máximo a lo que se ha llegado hasta ahora, Europa se construye poco a poco nos dicen los sabios, con dejes de resignación, o quizás de miedo a que dejemos de creer en el proyecto europeo. La mala costumbre de no hacer crítica constructiva a Europa por miedo a parecernos a esos euroescépticos y populistas tabloids británicos ha hecho que sea difícil situarse en una interrelación de sentimientos entre el europeísmo y la crítica. Pero es justamente a base de la crítica, feroz pero siempre europeísta, como conseguiremos construir una verdadera Europa de los Ciudadanos. Porque, como dice Hessel en su controvertido y famoso panfleto, hay que indignarse, hay que exigir y hay que actuar.

Porque es lógico que nos enfaden todos estos hechos, pero no es lo único que debería irritarnos. También nos tendría que molestar cuando las elecciones europeas se marcan por el interés nacional, o cuando nuestros políticos echan las culpas a Europa deshaciéndose ellos de responsabilidades. Y nos deberíamos de enfadar cuando los medios de comunicación masivos ni se molestan en explicar el trabajo y las actuaciones que la UE hace por los ciudadanos, que también hay que tenerlas en cuenta.

Hemos crecido en una sociedad tecnológica y globalizada, y nunca nos costó adaptarnos pues en el fondo siempre crecimos con la idea de una sociedad libre, cosmopolita y abierta, tal y como somos la mayoría de nosotros. Y como queremos que sea Europa. No concebimos la idea de otra guerra entre europeos, unos cuantos apenas entendemos que siga tan dividida.

Tenemos conocimientos, queremos tener oportunidades, y tenemos valores. Mientras buena parte de la juventud norteamericana salía a las calles para celebrar el asesinato extrajudicial de Bin Laden, en Europa los jóvenes nos sentábamos a reflexionar porque dentro de nosotros había algo que nos decía que las cosas no se hacían así.

Queremos a Europa, y tenemos que reconocer sus logros, que no son pocos. Pero tenemos que exigir más, más y mejor Europa, que se consigue con voluntad política. Y tenemos que hacerlo antes de que sea tarde y la balanza se incline finalmente en el lado de las desventajas antes que en el de los beneficios. Queremos que Europa signifique mucho más que lo que significó para nuestros padres. En otras palabras, queremos un Viejo Continente, que dé una Nueva Oportunidad.

Publicado originariamente en EuroXpress

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